miércoles, 29 de julio de 2026


 

CAPÍTULO II

Carlus, el secreto del guerrero

            Esa misma noche, las cabras del cercado estaban muy intranquilas. Según se decía, un oso gris había rondado por la aldea y se había comido cuatro animales de otra granja. Carlus y su hermano Julen fueron tras la bestia, la cual estaba a punto de entrar en hibernación.

            Cargados con sus arcos y sus ropas de invierno, partieron hacia el norte por el camino que conducía a Cuat, la capital del reino. Siguieron las huellas del oso durante cinco kilómetros hasta que estas se desviaron hacia un pinar situado al oeste. Aquello complicaba la caza: dos hombres adentrándose en la espesura del bosque serían presa fácil para cualquier fiera, de modo que prefirieron rodear los puntos más frondosos. Tras hacerlo, localizaron nuevamente el rastro, pero volvieron a perderlo al dar con un río que aún no se había congelado. Tuvieron que dar marcha atrás. Al día siguiente nevaría y resultaría más fácil reconocer las pisadas, si es que la bestia no se había refugiado ya para invernar.

            El día amaneció soleado en la aldea; nada hacía prever lo que acontecería más tarde. Carlus, tras madrugar para cazar, regresaba a su hogar con un par de aves y cuatro liebres. Las aves servirían para la cena; las liebres —junto a otras cuarenta pieles— se venderían en Cuat, donde cotizaban a buen precio. Con el dinero obtenido planeaba comprar un esclavo que ayudara a su hermano menor, Julen, con el rebaño de cabras. También compraría un dragón[i] bípedo joven, pues el mejor de los tres que poseía había reventado hacía cuatro días mientras perseguía a un grupo de ciervos, tras catorce años a su servicio. No aspiraba a adquirir los poderosos dragones de la dragonería de la reina María I; solo necesitaba uno para las tareas cotidianas de sus tierras.

            Su familia se había dedicado desde siempre al ganado. Era la estirpe más rica y de mayor linaje del territorio, y su padre, Cerlos Murás, el hombre más culto entre sus convecinos. Había estudiado siete años en el Colegio de los monjes y llegado a ser mando bajo el rey Romento I. Cuando sucedió a su padre como conde, se concentró en criar cabras y fenas[ii] en Nituas, su aldea natal, amasando una gran fortuna al consolidar una de las mayores explotaciones ganaderas del reino de Cuat. Él y el sacerdote local ostentaban la autoridad en la zona.

            Al estallar la guerra civil, el padre de Carlus se alineó con la reina María I, quien en agradecimiento le concedió el condado sobre la aldea. Carlus también participó como mando militar, cosechando honores y reconocimiento.

            Al fin, Carlus entró en Nituas. La aldea se asentaba en la cima de un gran cerro y se abría como una terraza en mitad de una vasta pradera que se extendía unos cuarenta kilómetros a la redonda. Gracias a los Murás, se había convertido en una de las poblaciones más prósperas del reino. Se estructuraba en tres círculos concéntricos: el primero albergaba los locales comerciales; el segundo, las viviendas de trabajadores y artesanos; el tercero y más interior pertenecía a los terratenientes y ganaderos. Allí se alzaba la residencia de los condes de Murás. En el centro exacto de la aldea se erigía el templo del dios Miumo. En la ladera se disponían las tierras de cultivo abancaladas, ya cubiertas de nieve, y rodeando la elevación hasta perderse de vista se extendían los pastos para cabras, dragones y fenas.

            A esas horas, la aldea despertaba en su versión infantil, pues los adultos ya se encontraban inmersos en sus quehaceres cotidianos. La taberna y el establo estaban abiertos. Allí se hallaba Carlus, contemplando a un dragón rojo de dos metros de altura y doscientos kilos.

            -¿Qué desea el conde? —preguntó el establero.

             -¿Cuánto cuesta este animal? —----              

            -Veinte monedas de cobre.

Carlus vio el cielo abierto y respondió: —Guárdamelo, Carlix. Mañana será mío.

            Carlix se inclinó ante el hijo del conde en señal de asentimiento. Aunque Carlus no ostentaba formalmente el título de conde, para la mayoría de sus vecinos actuaba como tal: era él quien acudía a la capital en representación de la aldea cuando la reina María I convocaba consejo, y ejercía de hecho como alcalde. Su padre, marcado por los horrores de la guerra, prefería dedicarse en exclusiva a los negocios familiares. Así pues, a sus veintiocho años, Carlus era una figura de enorme prestigio en su comunidad y en todo el reino de Cuat, conocido además por sus arraigadas convicciones conservadoras y religiosas.

            Llegó finalmente a su casa, una edificación idéntica a las demás del barrio acomodado salvo por el escudo nobiliario de los Murás grabado en la entrada. Poseía fachadas de gruesa piedra, ventanas pequeñas y un amplio salón central flanqueado por tres estancias: una despensa y dos dormitorios. En el extremo opuesto del salón, una puerta daba acceso al establo trasero.

            Al entrar, saludó a su padre y al sumo sacerdote, quienes conversaban con apasionamiento en el salón. Hizo lo propio con su madre en la zona de la cocina. Allí despellejó las liebres y le entregó la carne junto con las chilas [iii]desplumadas para que las guardase en la despensa. Tras preparar las pieles, las llevó a un cuartillo del corral para que se secaran y regresó a la mesa.

            En cuanto el joven se sentó, su madre sirvió una botella de vino y tres vasos.

            -Te estábamos esperando —anunció su padre mientras escanciaba la bebida.

            -¿Qué ocurre? —inquirió Carlus. —Cirlis me ha informado de que la reina planea conquistar las tierras del río Menor[iv].

            -¿Para qué? —preguntó Carlus, sorprendido tras dar un sorbo. No esperaba aquella noticia.

            -Como sabrás —tomó la palabra Cirlis Muri, el sacerdote—, desde la muerte del padre de nuestra reina se nos ha prohibido pastorear en los dominios del reino de Libr. Nuestra graciosa majestad ha decidido tomar las tierras del río y, de paso, capturar esclavos, que escasean y hacen mucha falta.

            Carlus asintió, aunque advirtió que la empresa chocaría con la oposición del reino de Push[v].

            -No será un problema; el gobernador de Mirloi[vi] está de acuerdo con nuestra reina.

            -Pero si atacamos, los demás reinos swints se nos echarán encima —razonó Carlus.

            -Eso mismo le he dicho a este cabezota —interrumpió el conde, mirando con cansancio al inmutable sacerdote.

            -Es poco probable —concluyó el religioso—. Tras la devastadora guerra civil, los demás reinos carecen de fuerzas para emprender un ataque de resultado incierto. Además, temen a la reina: es la única capaz de responder con contundencia en cualquier época del año.

            Padre e hijo se miraron y, tras meditarlo, dieron por válidos los argumentos del sacerdote. Conocían perfectamente que la reina María I había creado su ejército sobre la base de la vida trashumante de sus súbditos.

            -Así pues, debes partir hacia la capital, Carlus —añadió el sacerdote.

            Carlus aceptó y besó la mano del religioso, quien le informó que sus tropas se reunirían al día siguiente. Tras apurar el vino, el joven se despidió de ambos y se retiró al cuarto que compartía con su hermano. Saludó a Julen, que yacía en su cama, y buscó en su arcón. Extrajo la espada que le regaló su padre cuando empezó a sustituirlo en los actos oficiales y el escudo de madera y cuero que obtuvo tras ascender a mando en el ejército real, al vencer el invierno anterior en la batalla del monte Caputo contra las tropas de Romento II.

            Tomó las armas, descolgó su casco de cobre de la pared, se embrazó el escudo en el brazo derecho y empuñó la espada con la izquierda, blandiéndola al aire. Su hermano lo observaba perplejo, sabiendo que Carlus solo desempolvaba el equipo de combate en ocasiones extraordinarias. Julen saltó de la cama y le rogó que lo alistara. Carlus se negó rotundamente alegando su juventud —tenía veinte años—, pero el muchacho insistió, recordando que muchos jóvenes de la aldea con su edad ya contaban con experiencia militar.

            Carlus se sentó en la cama, dejó las armas a un lado y le sostuvo la mirada con severidad. Julen, que había recogido la espada y el escudo, no se dejó amedrentar.

            -Además, si es que te alistas —agregó Carlus, fatigado por la terquedad de su hermano—, quiero que antes termines el año que te falta en la Escuela de los monjes.

            Julen estalló de frustración

            -¿De qué me sirven esas idioteces que enseñan los monjes? Sé tirar con arco, lanzar con honda y blandir la espada mejor que cualquiera de los mulos de la reina.

            -En la vida hay cosas más importantes que matar, hermanito —respondió Carlus mientras buscaba en su bolsa de dinero, decidido a pagar el dragón con sus ahorros antes de partir—. Para ser un buen soldado primero necesitas cultura. Formas parte de la nobleza, y para mandar hombres hay que saber más que el pueblo si no quieres que se rebelen. Además, un hombre de bien no desea la guerra: desea formar una familia y poseer un buen rebaño con tierras bastantes para mantenerlo.

            -Sí, pero...

            -¡Pero nada! —zanjó Carlus.

            Zanjada la discusión, salió en dirección al establo y compró el dragón. Montado en él, se dirigió a las afueras, hacia un antiguo templo derruido al sur donde hacía tiempo que no se celebraban ritos. Descabalgó, atravesó lo que antaño fue la entrada y buscó una piedra plana en el suelo. Al apartarla, descubrió un hueco con un cinturón de piel de cabra repleto de faltriqueras. Lo limpió y se lo ciñó bajo la ropa para comprobar la talla. Aquel cinturón era el símbolo de los magos[vii][vii], una orden perseguida desde antiguo por la casta sacerdotal.

            Tras recuperar su secreto, enfiló el camino de regreso.

            En la explanada destinada a la compraventa de ganado, las tropas se organizaban. El primer pelotón, formado por unos treinta jóvenes de entre veinte y veinticinco años. Vestían cascos de cobre, escudos de madera y cuero, lanzas rústicas, arcos y cotas de malla de cobre sobre tres capas de cuero; algunos portaban espadas y otros, puñales. Detrás se agrupaba un contingente más numeroso: unos cincuenta muchachos de la misma quinta, ataviados con vestimentas civiles y el tradicional gorro chato de piel de liebre. Iban armados con hachas de cobre, hondas, arcos y tridentes. Sus escudos, similares a los del primer grupo, lucían adornos de flores artificiales o pinturas de dioses y criaturas mitológicas.

            A última hora de la tarde llegaron tres contingentes adicionales de las aldeas vecinas bajo el mando de Carlus: el primero sumaba treinta mulos y cuarenta raus; el segundo, diez mulos y catorce raus; el tercero, cuatro mulos y diez raus.

            Carlus salió de su casa tras el almuerzo vistiendo el uniforme de mando del ejército de María I. Al presentarse ante la tropa, un mulo le hizo entrega de los emblemas de las tres aldeas subordinadas.        Montó en su dragón y, sin más dilación, emprendió la marcha hacia la capital mientras el sol declinaba hacia el oeste.

            A lo largo del trayecto por la pradera, los familiares acompañaron a los soldados dando consejos entre sollozos, temiendo que no regresaran. Solo la familia del mando contenía el llanto, pues contemplaba la partida de su hijo y hermano, con orgullo. Al dejar atrás la llanura, los dos guardias de guardia se situaron a sus costados y los cuatro jefes de pelotón asumieron la cabeza de sus respectivas unidades.

            Cuando el sol rozaba el horizonte, un gran cuervo negro se posó en un árbol junto al camino y comenzó a graznar.

            -Palus Sulo —dijo Carlus al jinete de su izquierda—, ¿eres creyente?

            El soldado lo miró y asintió.

            -Pues empieza a rezar, porque es un gran cuervo negro.

Tras recorrer unos cincuenta kilómetros, acamparon bien entrada la noche en el alto de un valle. Todavía los separaban unos ciento veinte kilóm


[i] Desde la antigüedad se domesticaron dos clases de dragones: bípedos y cuadrúpedos. Los bípedos miden unos dos metros de altura, tienen una esperanza de vida media de veinte años y se emplean para la monta y la guerra. Los cuadrúpedos alcanzan los tres metros de longitud y 1,80 metros a la cruz, viven hasta cuarenta años y se destinan a tareas de carga y transporte

 

[ii] Mamífero cuadrúpedo rumiante de la cordillera Swint, con pequeños cuernos y unos ochenta centímetros a la cruz. Criado en manadas por su carne, su lana —muy codiciada en el Valle de los Falos— y para el labranza.

 

[iii] Ave gregaria de la cordillera Swint (36-39 cm de longitud, 50-60 cm de envergadura entre 400 y 600 g de peso). Muy apreciada por su carne.

 

[iv] Río situado en el valle del mismo nombre al sur de la Cordillera Swints.

 

[v] Reino perteneciente a la corona de Mur, en el Valle del río Menor.

 

 

[vi] Ciudad perteneciente al reino de Mur, conocida en el tiempo de este relato, por su gran armada, la cual surcaba todo el mar de Siul.

 

 

[vii] Los magos fueron una secta de los sacerdotes del dios Miumo que comenzaron a interesarse por las ciencias ocultas para intentar estar más cerca del dios. Pero según ellos, esto solo podían hacerlo hombres de clase alta, entrenados para este fin, tras un arduo entrenamiento.

Esta idea hizo de estos monjes, un grupo selecto que pronto chocó con otra secta sacerdotal, llamados Igualitarios, que implementó la Escuela de los monjes y predicaban que Miumo y el resto de los dioses, eran seres celestiales a los que adorar como seres intocables. La sociedad swints debía unirse y culturizarse, sin olvidar las clases sociales, para dar mejor culto a los dioses.

Cuando se unificó la cordillera swints doscientos años atrás antes del reinado de Romento I, los magos fueron reprimidos brutalmente, pero no aniquilados. Carlus fue uno de tantos jóvenes nobles que dieron con magos escondidos entre los Igualitarios.

 

Falu el emperador Capítulo I

 


LIBR, CAPITAL DEL FUTURO REINO

CAPÍTULO I

El sol se había ocultado desde hacía ya media hora a causa de las nubes negras que se aproximaban desde el suroeste. Cirlus miraba alternativamente hacia las nubes y la feria, que se encontraba a sus pies.

Desde su puesto en la fortaleza, admiraba los movimientos de los transeúntes que recorrían la feria. Encajonada en la plaza de la urbe, entre la fortaleza y el templo y las casas de los nobles más importantes.

Cirlus siempre admiró aquella feria por su fuerza en atraer a todos los comerciantes del reino, puesto que en ella se podían encontrar productos de la huerta, cerámicas, utensilios de labranza y del hogar; algunos procedentes de reinos falos[i] e incluso traconianos[ii]; o cualquier otra cosa que el visitante quisiera comprar. Además, desde su puesto, podría observar todo lo que acontecía entre las tiendas. Le encantaba su puesto.

Todo iba perfecto ese año, pues le habían ascendido a soldado de guardia por su actuación en la guerra contra el reino de Cuat[iii]. Esto significaba que habían terminado esos años por los caminos para luchar y jugarse la vida a cada paso. Durmiendo, en la mayoría de los casos, en lugares húmedos, que eran aún peores que en los que él durmiera en su infancia. Había días, en los que no tenía nada que llevarse a la boca. En invierno se añadían las legiones de piojos.

Pero ya no sería así, destinado en la fortaleza de la fortaleza de la ciudad de Libr[iv], sólo tenía que hacer guardia cuatro horas al día y dos en la noche, en el segundo piso, donde los mandos no llegaban en demasía para incordiar. Además, su turno era; al menos hasta el momento; desde la salida del sol y la puesta de éste. Tenía todo el día y la noche para él y su novia María.

La almena en la que él hacía las guardias, comunicaba con una habitación donde se encontraba el resto del retén destinado en aquel sector de la fortaleza. Este estaba formado por tres soldados que siempre tenían llena una vasija del mejor vino falo y una fuente de carne y fruta varias. Todo un lujo.

Cada vez le gustaba más su nuevo uniforme, compuesto por casco y coraza de cobre, pues María se quedaba embobada cada vez que le veía pasar con todo el equipo militar y claro, el muchacho disfrutaba viendo que eso le daba más cancha para profundizar en la relación.

Se llamaba Cirlus Paus y provenía de los territorios ahora en poder de la reina María I[v]. Su familia era propietaria de ganado y por lo tanto era de rango. Eran pequeños ganaderos. Él tenía veinte años.

Cuando murió el rey Romento I[vi], la familia de Cirlus emigró a la capital del rey muerto, debido a que los hijos de éste, iniciaron una guerra para repartirse el antiguo reino, que lo arruinó. Una vez en Libr, los Paus compraron tierras gracias a la política del nuevo soberano de la ciudad, que se convirtió en un nuevo reino.

El nuevo rey de Libr, nada más llegar al poder, implementó una política de captación de colonos, donde los hijos varones mayores, ingresaban en el ejército. Con esta acción, el rey se garantizaba gente trabajando y tropas en plena guerra civil. Cirlus era el mayor de tres hermanos. Cirlus ingresó en el ejército como jefe de pelotón, gracias a haber estado en la escuela de los monjes[vii] y haberse licenciado en ella con honores.

Justo cuando vio a una mujer alejarse por el sur de la feria, cargada con una cesta repleta de utensilios de labranza, que había comprado, entró en la sala el oficial de guardia para relevarle, con lo que Cirlus se despojó de sus armas y de su uniforme, metiéndose en sus ropas de civil. Sólo conservó un puñal y un cinturón rojo que le acreditaban como miembro del ejército[viii].

Cuando Cirlus se encontró en la plaza donde estaba la feria, comenzó a soplar el viento del noroeste procedente de las montañas de la Cordillera Swint; pues la ciudad se encontraba en la falda de esta; lo que produjo que la gente se metiera más aún en sus ropas de abrigo. El invierno había llegado, pensó el soldado recorriendo las calles feriantes, aún repletas de ansiosos compradores.

La feria fue en tiempos remotos el motor que construyó la ciudad, dado que era el punto en el cual se cruzaban varios caminos. Unos hacia el Valle de los Falos y otros hacia cualquier sector de la Cordillera Swint. Gracias a esto. Se construyó una muralla rodeando el primitivo mercadillo y luego, a la ciudad actual. Esta, se componía de varios anillos, el primero era el ya mentado donde se situaba la feria. El siguiente era el formado por los comerciantes y artesanos y el siguiente y pegado a la actual muralla, era donde vivían los trabajadores de los talleres y demás gentes. Además era donde se encontraban las tabernas, lugar de encuentro para toda la urbe.

Pero la ciudad no terminaba dentro de las murallas, que contenían a diez mil habitantes. Seguía alrededor de ella, en un radio de diez kilómetros, rodeada cortijos propiedad de los nobles que aunque poseían casa en el centro de Libr, vivían fuera de las murallas, rodeados por gente libre a su servicio. También ciudadanos de la capital dedicados a la agricultura y a la ganadería. Tras la guerra civil, muchos plebeyos con capacidad económica, venidos de los demás territorios swint, imitaron el modo de vida noble. En total, la urbe daba techo a quince mil almas.

María Humis, así se llamaba ella, estaba allí, en su puesto, vendiendo sus productos de la huerta. Ese año no habían salido las cosas bien, dado que la guerra no había dejado mano de obra masculina para arar y los esclavos escaseaban, pues según las leyes antiguas, los swint no podían caer en la esclavitud y las campañas fuera de dichos reinos no los traían en número suficiente. Así que también ofrecían productos artesanos de tela de oveja.

El puesto en cuestión estaba en el sector de las verduras, frente al templo. La feria de la ciudad, se dividía en tres partes: ganadería y esclavos frente a la fortaleza, productos locales frente al templo y productos de exportación en medio.

-¿Cómo va eso?- preguntó Cirlus cogiendo un fruto maduro tras hacer cola durante unos minutos en el puesto de su novia.

-Eso cuesta cuatro monedas de cobre- pidió María riendo bajo el toldo de la tienda y la atenta mirada de su madre y hermana que atendían a los demás clientes.

-¿Otra vez en la puerta sur tras mi guardia?- preguntó el joven depositando el fruto en el tiesto de donde lo había cogido y mirando a los ojos de su María.

-Sí- comentó ella evitando la mirada del joven pero sin controlar la coloración de sus mejillas.

-Estoy deseando ir- dijo el militar ya con una sonrisa amplia.

-Falta poco para el fin de la feria por este año- le habló ella- así que cuando eso ocurra, podremos estar más tiempo juntos.

-Lees mis pensamientos, joven hada- y le dio un beso en la boca, con lo que ella se sonrió más todavía. Luego se tranquilizó y exclamó.

-¡Fuera de aquí, pelota!

-¿No me das nada para recordarte una vez me aleje?

-Toma, un paño para tu madre- saltó la madre de ella, dándole un paño con motivos florales y rompiendo la magia entre los dos jóvenes- y márchate ya, que la cola para comprar llega ya a la muralla.

-Hasta luego, María.

-Cada día está más guapo- le dijo María a su hermana una vez que Cirlus se marchó y enseguida se ocupó de una clienta que buscaba un gran mantel para su casa.

Cirlus siguió su camino por las calles de los comerciantes, unas calles sin orden que se llenaban todos los días de gente que entraba en la capital para hacer compras en los talleres artesanos o acudir a las tabernas que se encontraban bajo las murallas. Hacia allí se encaminaba nuestro soldado.

La taberna era una de las mejores. Poseía incluso una habitación donde servían el mejor vino de la comarca, e incluso del Valle de los Falos. La regentaba precisamente un falo, de la polis de [ix]Sevilir. De unos veinticinco años al igual que Cirlus, por eso las primeras copas de vino  que éste consumía eran gratis.

Las demás tabernas se componían sólo de una barra y unos pocos taburetes con sus mesas, por eso, la de Smea; así se llamaba el falo; era frecuentada por los más altos cargos como grandes ganaderos, nobles o mandos del ejército.

Ya el sol se encontraba en su punto más álgido cuando Cirlus entró en la taberna, accediendo a la primera estancia, donde se disponía una barra y diez mesas. Todas ocupadas, debido a la hora que era, la hora del almuerzo. Todo lo contrario ocurría en los barracones de la fortaleza, pues la comida que ofrecía el ejército, no hacía honor a ese nombre.

Siguió hacia el otro salón, situado en el otro extremo de la habitación tras una puerta. Este era más grande que el anterior y era donde se servían las comidas para grandes multitudes como bodas o celebraciones varias. Pero Cirlus tenía permiso para entrar, al igual que algunos más, por ser conocidos o cargos altos de la ciudad.

Tras sentarse en una de las veinte mesas de la estancia, pegada a uno de los ventanales por los que se podía ver la calle y la gente que venía o iba a la feria todavía, se acercó una esclava camarera, bastante uraña con él, pero que agradaba al dueño del local. Pidió una pata de cordero y una jarra de vino. Inmediatamente después, se unió el dueño del local.

La pata estaba acompañada por unas papas cocidas que hacían las delicias de Cirlus. Smea también había pedido el mismo plato, pero nuestro protagonista le ganaba en placer, dado que su vino era de más calidad.

Apareció entonces por la puerta un buen amigo de Cirlus y del tabernero. El susodicho era buhonero, dedicándose a vender pieles en la feria, pero además, hacía negocios con oro y se rumoreaba en círculos militares que era espía del soberano de la ciudad. Tenía treinta años y se llamaba Mirtos Luas. Se hizo traer un plato de pechuga de pollo con papas y una buena jarra de cerveza fala para luego sentarse junto a Cirlus y Smea.

-¿Has probado la pechuga con una buena cerveza fala?- preguntó el buhonero con la boca llena.

-Mirtos- respondió el soldado- eres un cerdo, no se come con la boca llena, y sí, la he probado.

-¿y?

-Creo que le falta un toque más de miel- un buche de su vino siguió su respuesta.

Mirtos rio con agrado, dándole un gran mordisco a su pechuga. Luego tragó un buen trago de cerveza para luego limpiarse la boca con la mano.

-¿Cómo te va en esta maldita ciudad?

-Bien- respondió Cirlus- me han destinado a la segunda planta, o sea, no hacer nada y cotillear con los compañeros.

Dicho esto, los dos sonrieron, pero Mirtos recuperó su seriedad y preguntó si había alguna fémina que estuviera robando el corazón a su joven acompañante.

-Una hay- reconoció Cirlus sonriendo esperando alguna gracia, pues conocía al hombre que tenía delante y sabía qué borde podía ser. Empero, siguió con el rostro serio, dio otro mosdisco a su pechuga y dijo:

-Pues me parece que no la verás en mucho tiempo.

-¿Qué dices? ¡Explícate!- exclamó el chaval, pues se estaba oliendo algo.

-Según mis informadores, parece ser que la reina de Cuat, María I, ha reunido a sus tropas para atacar Libr.

Cirlus se quedó petrificado, pues no esperaba que con la llegada del invierno se produjera un ataque.

-Ya sé lo que estás pensando- dijo el espía mirando a su tertuliano- ¿Pero no recuerdas la campaña de invierno del año pasado?

Claro que lo recordaba: invierno crudo en plena cordillera swint. Los ejércitos de Romento II, rey de Libr, estaban acampados en un valle al sur de la capital, cercano a la cima del Ciervo[x], muertos de frío y tras escaramuzas con las fuerzas de la reina de Cuat. Caía una gran nevada, con lo que los movimientos se hacían muy difíciles, además, la reina atacó por sorpresa y tras varios intentos por afianzar las posiciones, las tropas de Libr se retiraron de aquella cima y aguantando los sucesivos ataques, pasaron tres días incomunicados en otro monte, teniendo que abandonar sus posiciones al cuarto día. Todo esto supuso un varapalo para el que hasta ese momento era el mejor ejército de los reinos swints.

Aquel monte se llamaba Monte Caputo[xi] y para Cirlus se convirtió en el lugar más terrorífico del universo, al igual que para todos sus compañeros en esa campaña. Además quedó demostrado que la reina María I podía atacar donde y cuando quisiera.

-¿Lo sabe el rey?- preguntó Cirlus rememorando las imágenes dantescas de aquel monte.

-De allí vengo.

Y no se habló más del tema.

Cuando terminaron de comer, el dueño de la taberna, un gran bebedor de cerveza que no le hacía feos a otros licores alcohólicos, hizo un gesto a su camarera y esta les trajo tres jarras enormes de claro está, cerveza.

-¡Por el dios Miumo[xii]! ¡Qué como beba más con vosotros voy a terminar rodando por los suelos!

Pero la exclamación de Cirlus cayó en saco roto tras el primer sorbo de aquel magnífico licor.

-¿Por qué estás lejos de tu patria?- preguntó el soldado al falo. Era una pregunta que siempre le quiso hacer desde que le conoció, hacía ya dos años.

-Dejó embarazada a una de las hijas de uno de los nobles más influyentes de su país- dijo el espía riendo.

-¿Y qué pasó?

-Pues que como no quería casarme, me querían degollar y me escapé- declaró el falo con una amplia sonrisa, mirando al espía que aun seguía riendo. Cirlus era el único que mantenía la seriedad, pues no imaginaba que su amigo fuera capaz de tal hazaña.

-¿Pero has sabido algo más sobre ella?

-Jarina está muy bien casada y me manda saludos. Cada cierto tiempo- al terminar la frase, levantó su jarra y exclamó con alegría -¡La mejor cerveza fala de la mejor calidad! ¡Se nota que aún no le han hecho algo parecido a lo que le hice!

Al decir esto, al fin rieron los tres al unísono de forma escandalosa. Además, el espía sugirió entre risas, que la muchacha seguía enamorada y que por eso le mandaba toneles de su propia cosecha y el falo respondió que era una buena forma de ahorrar en el negocio, a lo que el militar le respondió que tenía más cara que un palo.

-Todo ocurrió hace tres años, durante la Fiesta del vino[xiii], que por cierto, comenzará mañana. Era y es una muchacha muy guapa y muy talentosa para los negocios y yo un joven plebeyo ambicioso y caliente. No fue una relación rápida y corta, dado que duró un año. Si hubiese aceptado el noviazgo, mi futuro suegro me hubiera mandado a la guerra más feroz que en ese momento se estuviera celebrando y si hubiera salido vivo, me hubiese mandado como embajador al país más alejado de Sevilir. Pues él no podía consentir que uno de sus escribas más bajos de su corte, se casara con su hija menor.

-¿La querías?- preguntó ya serio el militar.

-Claro que sí. Con toda mi alma. Pero por el bien de los dos, decidimos que me viniera a Libr.

En aquel momento, hicieron aparición tres mandos, que se sentaron en una mesa cercana. Iban vestidos con la armadura de cuero y cota de malla metálica. Cirlus les miraba deseando algún día ser uno de ellos.

Mirtos tomó el penúltimo sorbo de su jarra mirando al joven militar y luego dijo:

-El ejército no tiene futuro. Los cinturones de mando no te librarán de las flechas enemigas.

-¡Déjalo en paz!- exclamó Smea- Si Cirlus quiere ser mando, que lo sea, por lo menos él puede defender este reino. Yo empero, soy extranjero y no puedo. Defender un estado es defender la forma de vida de tus amados y conocidos.

-Me han dicho- habló Cirlus para cambiar de tema y no empezar nuevamente con el tema de los militares, pues siempre hacía pelear a Smea y Mirtos sobre la cuestión del derecho de ciudadanía- que vas a celebrar una fiesta especial para celebrar los homenajes al dios Miumo[xiv].

-Así es- contestó el falo muy orgulloso- ya sabes, cada luna llena, es decir, pasado mañana.

-Será como las demás fiestas religiosas- le comentó Cirlus a Mirtos esperando la respuesta de Smea, la cual no se hizo esperar.

-¡Ni hablar!- Esta será aún más grandiosa. He contratado a músicos y tendremos bebidas en cantidades astronómicas.

-La pena es que tendré a mis órdenes un destacamento para garantizar la seguridad del sumo sacerdote y todo su séquito cuando entre en la ciudad y no podré venir- se lamentó el militar.

-Da lo mismo, seguro que éste falo te guarda algo de vino que probaré contigo para ver si es de calidad- dijo Mirtos riendo mirando a Smea.

-Eso si consigues ponerte en pie al día siguiente a la fiesta- dijo el falo muerto de risa al igual que Cirlus, puesto que ambos recordaban como terminó la última el mes pasado. El espía se terminó su jarra y se sumó al buen ambiente de sus amigos.

Tras varias gracias y jarras de cervezas más, Cirlus se levantó, cogió su jarra de cerveza y la llevó hasta la barra, luego se despidió y partió hacia la fortaleza para esperar su turno de guardia e ir luego en busca de su novia.

Se dirigió hacia la gran piedra distante unos diez metros de la puerta de la muralla. Sería allí donde Cirlus esperaría.

La Luna menguante y las estrellas, esa noche menos brillantes gracias  a las nubes, hicieron compañía al joven que luchaba por no tener frío, pese a la helada que estaba cayendo a aquellas horas.

Cerca de media hora tardó la joven en hacer acto de presencia, pues al parecer, la habían retenido en las tareas relacionadas con tienda de la feria, pero eso ya no importaba. Los dos estaban al fin juntos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[i] Falo: Pueblo habitante del Valle de los falos, al norte de la cordillera swint

[ii] Traconiano: Pueblo habitante del Valle de los falos, al oeste del río Caifssi.

[iii] Reino de Cuat: reino formado tras la guerra civil en el reino de los swints. Situado al sur de la cordillera swints y fronterizo con el reino de Libr. Poseía ochocientos cuarenta mil habitantes, de los cuales, novecientos cincuenta vivían en la capital. El resto vivía principalmente del ganado caprino y de sus minas en la frontera con el reino de Libr.

[iv] Ciudad de Libr: Ciudad situada al noroeste de la cordillera Swints, cerca del Valle de los Falos. También era capital del reino del mimo nombre, creado después de la desmembración del reino de los Swints. El reino de Libr, era el más rico de todos los reinos que se crearon cuando desapareció el de los swints. Poseía dos millones de habitantes y su territorio ocupaba una de las partes más prósperas de la cordillera swints. Poseía minas al sur, en la frontera con el reino de Cuat. Praderas montañosas en el centro del reino, donde pastaba ganado en gran cantidad y al norte, adentrándose en el Valle de los Falos, tierras lo bastante fértiles como para satisfacer el consumo interno y el de los demás reinos Swints. La capital poseía diez mil habitantes y era el centro del poder del reino, ya que en ella se encontraba  el Consejo Ciudadano, compuesto por los nobles, comerciantes, terratenientes y ganaderos con vivienda permanente en la capital. Además, el reino poseía sesenta aldeas grandes, gobernadas por el noble local, que debía dar cuentas al gobierno de la capital. Pero el Consejo Ciudadano solo poseía poder administrativo, siendo el soberano el auténtico poder ejecutivo, legislativo y judicial.

[v] María I: reina del reino de Cuat.

[vi] Romento I: Soberano del reino de los swints y padre de todos los monarcas de los reinos nacidos tras la desaparición de su reino. Los reinos que nacieron, lo hicieron por la organización provincial que tenía el reino de los swints.

[vii] Escuela de los monjes: la escuela de monjes era la única institución de enseñanza en toda la cordillera swint, puesto que el clero era el único que estaba legalizado para ese fin. Los nobles, terratenientes y grandes comerciantes eran los únicos que podían estudiar en dichos centros, debido al coste de la matrícula. A veces, algún mecenas apadrinaba a hijos del pueblo llano.

Siente eran los años que duraban los cursos y ocho los que se necesitaban para ingresar. En los cursos se impartían matemáticas, literatura, astrología, música, teología y mitología swint y fala. Además, si el alumno quería tener vida como religioso, proseguía sus estudios en el templo de Libr durante cinco años.

 

[viii] Ejército swint: El ejército siguió su configuración tras la muerte de Romento I. Que era la siguiente: en primer lugar de la cadena de mandos, figuraba el raus, o soldado raso. Este se reclutaba entre la masa del pueblo y que se tenía que costear la ropa y las armas cortas. No así las largas como las lanzas o los tridentes, e iban comandados por raus elegidos por ellos mismos bajo órdenes de un mulo. Su formación era anárquica y dependía de su número. Por ello, algunos de ellos, ascendían a mulo gracias a su valor en combate.

            Después venían los mulos, que eran los soldados profesionales. A su vez se dividían en tres grupos: el primer grupo eran los mulos directamente. Soldados permanentes y tenían las armas garantizadas. Eran mandados por los jefes de pelotón con mando sobre cincuenta mulos y los soldados de guardia, que mandaban doscientos mulos. Los mulos eran la fuerza de vanguardia, pues solo intervenían cuando los raus habían despejado la zona de combate o las tropas enemigas terminaban con ellos. También eran la policía del estado y servían cuatro años. Terminado el servicio militar, el mulo podía entrar como militar de carrera y quedarse como mulo en sus diferentes categorías o aspirar a ascender a los otros dos grupos que se detallan más adelante:

            Xaisis: soldados especialistas en tres armas, arcos, hondas y lanzas cortas. A todos estos los mandaban los guerreros, elegidos por asamblea entre los demás xaisis. Este segundo grupo eran las fuerzas especiales y por tanto, eran muy escasos. Se requería una gran experiencia y resistencia física. Siendo la fuerza más admirada. Con la descomposición del reino de swint, solo los reinos de Cuat y Libr poseían esa fuerza.

            Mandos: eran nobles y terratenientes. Los grandes de los mandos eran mando infor, mando laus, mando cifus y mando urbi. Este último era concedido al soberano de cada reino.

            Los hijos de los nobles que se alistaban en el ejército seguían estas normas: si el que alistaba era el mayor, automáticamente ingresaba como mando infor. Si el que lo hacía era el mediano, entraba como laus y si era el menor, era nombrado mulo. Los hijos de los terratenientes, ingresaban todos como infor.

 

           

[ix] Capital de la polis fala del mismo nombre, situada en el Valle de los Falos y tradicional enemiga, primero del reino de los Swint y luego de los reinos salidos tras la guerra civil que dividió dicho reino.

 

[x] Montaña en la frontera sureste del reino de Libr con el reino de Cuat.

[xi]Montaña en la frontera sur del reino de Libr con el reino de Cuat.

[xii] Según la mitología swints, era el creador del mundo y de los humanos. Hermano mayor de algunos dioses y tío de otros. Les ordenó a todos que crearan lo necesario para que los humanos se sintieran cómodos. Para asegurarse de que sus hermanos no se aprovecharan de sus poderes, creó a los ángeles, que recorrían toda la tierra protegiendo a los humanos de los demás dioses.

[xiii] Celebración anual de la ciudad de Sevilir que se hacía en invierno para celebrar que tras el invierno llegaba la primavera y se podría sembrar los campos. Una de las celebraciones consistía en que las clases altas abrían sus puertas al pueblo llano e invitaban a vino y pan, durante una semana.

[xiv] Según la mitología swint, Miumo era el creador del mundo y de los humanos. Hermano mayor de algunos dioses y tío de otros. Les ordenó que crearan lo necesario para que los humanos se sintieran cómodos. Para asegurarse de que sus hermanos y sobrinosno se aprovecharan de sus poderes, creó a los ángeles, que recorrían toda la tierra protegiendo a los humanos de los demás dioses.