CAPÍTULO II
Carlus, el
secreto del guerrero
Esa misma noche, las
cabras del cercado estaban muy intranquilas. Según se decía, un oso gris había
rondado por la aldea y se había comido cuatro animales de otra granja. Carlus y
su hermano Julen fueron tras la bestia, la cual estaba a punto de entrar en
hibernación.
Cargados con sus arcos y
sus ropas de invierno, partieron hacia el norte por el camino que conducía a
Cuat, la capital del reino. Siguieron las huellas del oso durante cinco
kilómetros hasta que estas se desviaron hacia un pinar situado al oeste.
Aquello complicaba la caza: dos hombres adentrándose en la espesura del bosque
serían presa fácil para cualquier fiera, de modo que prefirieron rodear los
puntos más frondosos. Tras hacerlo, localizaron nuevamente el rastro, pero
volvieron a perderlo al dar con un río que aún no se había congelado. Tuvieron
que dar marcha atrás. Al día siguiente nevaría y resultaría más fácil reconocer
las pisadas, si es que la bestia no se había refugiado ya para invernar.
El día amaneció soleado en
la aldea; nada hacía prever lo que acontecería más tarde. Carlus, tras madrugar
para cazar, regresaba a su hogar con un par de aves y cuatro liebres. Las aves
servirían para la cena; las liebres —junto a otras cuarenta pieles— se
venderían en Cuat, donde cotizaban a buen precio. Con el dinero obtenido
planeaba comprar un esclavo que ayudara a su hermano menor, Julen, con el
rebaño de cabras. También compraría un dragón[i]
bípedo joven, pues el mejor de los tres que poseía había reventado hacía cuatro
días mientras perseguía a un grupo de ciervos, tras catorce años a su servicio.
No aspiraba a adquirir los poderosos dragones de la dragonería de la reina
María I; solo necesitaba uno para las tareas cotidianas de sus tierras.
Su familia se había
dedicado desde siempre al ganado. Era la estirpe más rica y de mayor linaje del
territorio, y su padre, Cerlos Murás, el hombre más culto entre sus convecinos.
Había estudiado siete años en el Colegio de los monjes y llegado a ser mando
bajo el rey Romento I. Cuando sucedió a su padre como conde, se concentró en
criar cabras y fenas[ii]
en Nituas, su aldea natal, amasando una gran fortuna al consolidar una de las
mayores explotaciones ganaderas del reino de Cuat. Él y el sacerdote local
ostentaban la autoridad en la zona.
Al estallar la guerra
civil, el padre de Carlus se alineó con la reina María I, quien en
agradecimiento le concedió el condado sobre la aldea. Carlus también participó
como mando militar, cosechando honores y reconocimiento.
Al fin, Carlus entró en
Nituas. La aldea se asentaba en la cima de un gran cerro y se abría como una
terraza en mitad de una vasta pradera que se extendía unos cuarenta kilómetros
a la redonda. Gracias a los Murás, se había convertido en una de las
poblaciones más prósperas del reino. Se estructuraba en tres círculos
concéntricos: el primero albergaba los locales comerciales; el segundo, las
viviendas de trabajadores y artesanos; el tercero y más interior pertenecía a
los terratenientes y ganaderos. Allí se alzaba la residencia de los condes de
Murás. En el centro exacto de la aldea se erigía el templo del dios Miumo. En
la ladera se disponían las tierras de cultivo abancaladas, ya cubiertas de
nieve, y rodeando la elevación hasta perderse de vista se extendían los pastos
para cabras, dragones y fenas.
A esas horas, la aldea
despertaba en su versión infantil, pues los adultos ya se encontraban inmersos
en sus quehaceres cotidianos. La taberna y el establo estaban abiertos. Allí se
hallaba Carlus, contemplando a un dragón rojo de dos metros de altura y
doscientos kilos.
-¿Qué desea el conde?
—preguntó el establero.
-¿Cuánto cuesta este animal? —----
-Veinte monedas de cobre.
Carlus vio el cielo abierto y respondió: —Guárdamelo, Carlix. Mañana será
mío.
Carlix se inclinó ante el
hijo del conde en señal de asentimiento. Aunque Carlus no ostentaba formalmente
el título de conde, para la mayoría de sus vecinos actuaba como tal: era él
quien acudía a la capital en representación de la aldea cuando la reina María I
convocaba consejo, y ejercía de hecho como alcalde. Su padre, marcado por los
horrores de la guerra, prefería dedicarse en exclusiva a los negocios
familiares. Así pues, a sus veintiocho años, Carlus era una figura de enorme
prestigio en su comunidad y en todo el reino de Cuat, conocido además por sus
arraigadas convicciones conservadoras y religiosas.
Llegó finalmente a su
casa, una edificación idéntica a las demás del barrio acomodado salvo por el
escudo nobiliario de los Murás grabado en la entrada. Poseía fachadas de gruesa
piedra, ventanas pequeñas y un amplio salón central flanqueado por tres
estancias: una despensa y dos dormitorios. En el extremo opuesto del salón, una
puerta daba acceso al establo trasero.
Al entrar, saludó a su
padre y al sumo sacerdote, quienes conversaban con apasionamiento en el salón.
Hizo lo propio con su madre en la zona de la cocina. Allí despellejó las
liebres y le entregó la carne junto con las chilas [iii]desplumadas
para que las guardase en la despensa. Tras preparar las pieles, las llevó a un
cuartillo del corral para que se secaran y regresó a la mesa.
En cuanto el joven se
sentó, su madre sirvió una botella de vino y tres vasos.
-Te estábamos esperando
—anunció su padre mientras escanciaba la bebida.
-¿Qué ocurre? —inquirió
Carlus. —Cirlis me ha informado de que la reina planea conquistar las tierras
del río Menor[iv].
-¿Para qué? —preguntó
Carlus, sorprendido tras dar un sorbo. No esperaba aquella noticia.
-Como sabrás —tomó la
palabra Cirlis Muri, el sacerdote—, desde la muerte del padre de nuestra reina
se nos ha prohibido pastorear en los dominios del reino de Libr. Nuestra
graciosa majestad ha decidido tomar las tierras del río y, de paso, capturar
esclavos, que escasean y hacen mucha falta.
Carlus asintió, aunque
advirtió que la empresa chocaría con la oposición del reino de Push[v].
-No será un problema; el
gobernador de Mirloi[vi]
está de acuerdo con nuestra reina.
-Pero si atacamos, los
demás reinos swints se nos echarán encima —razonó Carlus.
-Eso mismo le he dicho a
este cabezota —interrumpió el conde, mirando con cansancio al inmutable
sacerdote.
-Es poco probable
—concluyó el religioso—. Tras la devastadora guerra civil, los demás reinos
carecen de fuerzas para emprender un ataque de resultado incierto. Además,
temen a la reina: es la única capaz de responder con contundencia en cualquier
época del año.
Padre e hijo se miraron y,
tras meditarlo, dieron por válidos los argumentos del sacerdote. Conocían
perfectamente que la reina María I había creado su ejército sobre la base de la
vida trashumante de sus súbditos.
-Así pues, debes partir
hacia la capital, Carlus —añadió el sacerdote.
Carlus aceptó y besó la
mano del religioso, quien le informó que sus tropas se reunirían al día
siguiente. Tras apurar el vino, el joven se despidió de ambos y se retiró al
cuarto que compartía con su hermano. Saludó a Julen, que yacía en su cama, y
buscó en su arcón. Extrajo la espada que le regaló su padre cuando empezó a
sustituirlo en los actos oficiales y el escudo de madera y cuero que obtuvo
tras ascender a mando en el ejército real, al vencer el invierno anterior en la
batalla del monte Caputo contra las tropas de Romento II.
Tomó las armas, descolgó
su casco de cobre de la pared, se embrazó el escudo en el brazo derecho y
empuñó la espada con la izquierda, blandiéndola al aire. Su hermano lo
observaba perplejo, sabiendo que Carlus solo desempolvaba el equipo de combate
en ocasiones extraordinarias. Julen saltó de la cama y le rogó que lo alistara.
Carlus se negó rotundamente alegando su juventud —tenía veinte años—, pero el
muchacho insistió, recordando que muchos jóvenes de la aldea con su edad ya
contaban con experiencia militar.
Carlus se sentó en la cama,
dejó las armas a un lado y le sostuvo la mirada con severidad. Julen, que había
recogido la espada y el escudo, no se dejó amedrentar.
-Además, si es que te
alistas —agregó Carlus, fatigado por la terquedad de su hermano—, quiero que
antes termines el año que te falta en la Escuela de los monjes.
Julen estalló de
frustración
-¿De qué me sirven esas
idioteces que enseñan los monjes? Sé tirar con arco, lanzar con honda y blandir
la espada mejor que cualquiera de los mulos de la reina.
-En la vida hay cosas más
importantes que matar, hermanito —respondió Carlus mientras buscaba en su bolsa
de dinero, decidido a pagar el dragón con sus ahorros antes de partir—. Para
ser un buen soldado primero necesitas cultura. Formas parte de la nobleza, y
para mandar hombres hay que saber más que el pueblo si no quieres que se
rebelen. Además, un hombre de bien no desea la guerra: desea formar una familia
y poseer un buen rebaño con tierras bastantes para mantenerlo.
-Sí, pero...
-¡Pero nada! —zanjó
Carlus.
Zanjada la discusión,
salió en dirección al establo y compró el dragón. Montado en él, se dirigió a
las afueras, hacia un antiguo templo derruido al sur donde hacía tiempo que no
se celebraban ritos. Descabalgó, atravesó lo que antaño fue la entrada y buscó
una piedra plana en el suelo. Al apartarla, descubrió un hueco con un cinturón
de piel de cabra repleto de faltriqueras. Lo limpió y se lo ciñó bajo la ropa
para comprobar la talla. Aquel cinturón era el símbolo de los magos[vii][vii],
una orden perseguida desde antiguo por la casta sacerdotal.
Tras recuperar su secreto,
enfiló el camino de regreso.
En la explanada destinada
a la compraventa de ganado, las tropas se organizaban. El primer pelotón,
formado por unos treinta jóvenes de entre veinte y veinticinco años. Vestían
cascos de cobre, escudos de madera y cuero, lanzas rústicas, arcos y cotas de
malla de cobre sobre tres capas de cuero; algunos portaban espadas y otros,
puñales. Detrás se agrupaba un contingente más numeroso: unos cincuenta
muchachos de la misma quinta, ataviados con vestimentas civiles y el
tradicional gorro chato de piel de liebre. Iban armados con hachas de cobre,
hondas, arcos y tridentes. Sus escudos, similares a los del primer grupo,
lucían adornos de flores artificiales o pinturas de dioses y criaturas
mitológicas.
A última hora de la tarde
llegaron tres contingentes adicionales de las aldeas vecinas bajo el mando de
Carlus: el primero sumaba treinta mulos y cuarenta raus; el segundo,
diez mulos y catorce raus; el tercero, cuatro mulos y diez raus.
Carlus salió de su casa
tras el almuerzo vistiendo el uniforme de mando del ejército de María I. Al
presentarse ante la tropa, un mulo le hizo entrega de los emblemas de las tres
aldeas subordinadas. Montó en su dragón
y, sin más dilación, emprendió la marcha hacia la capital mientras el sol
declinaba hacia el oeste.
A lo largo del trayecto
por la pradera, los familiares acompañaron a los soldados dando consejos entre
sollozos, temiendo que no regresaran. Solo la familia del mando contenía el
llanto, pues contemplaba la partida de su hijo y hermano, con orgullo. Al dejar
atrás la llanura, los dos guardias de guardia se situaron a sus costados y los
cuatro jefes de pelotón asumieron la cabeza de sus respectivas unidades.
Cuando el sol rozaba el
horizonte, un gran cuervo negro se posó en un árbol junto al camino y comenzó a
graznar.
-Palus Sulo —dijo Carlus
al jinete de su izquierda—, ¿eres creyente?
El soldado lo miró y
asintió.
-Pues empieza a rezar,
porque es un gran cuervo negro.
[i]
Desde la antigüedad se domesticaron dos clases de dragones: bípedos y
cuadrúpedos. Los bípedos miden unos dos metros de altura, tienen una esperanza
de vida media de veinte años y se emplean para la monta y la guerra. Los
cuadrúpedos alcanzan los tres metros de longitud y 1,80 metros a la cruz, viven
hasta cuarenta años y se destinan a tareas de carga y transporte
[ii] Mamífero cuadrúpedo rumiante de la cordillera Swint,
con pequeños cuernos y unos ochenta centímetros a la cruz. Criado en manadas
por su carne, su lana —muy codiciada en el Valle de los Falos— y para el
labranza.
[iii] Ave gregaria de la cordillera Swint (36-39 cm
de longitud, 50-60 cm de envergadura entre 400 y 600 g de peso). Muy apreciada
por su carne.
[iv] Río situado en el valle del mismo nombre al sur de la
Cordillera Swints.
[vi] Ciudad perteneciente al reino de Mur, conocida en el
tiempo de este relato, por su gran armada, la cual surcaba todo el mar de Siul.
[vii] Los magos fueron una secta de los sacerdotes del dios
Miumo que comenzaron a interesarse por las ciencias ocultas para intentar estar
más cerca del dios. Pero según ellos, esto solo podían hacerlo hombres de clase
alta, entrenados para este fin, tras un arduo entrenamiento.
Esta idea hizo de estos
monjes, un grupo selecto que pronto chocó con otra secta sacerdotal, llamados
Igualitarios, que implementó la Escuela de los monjes y predicaban que Miumo y
el resto de los dioses, eran seres celestiales a los que adorar como seres
intocables. La sociedad swints debía unirse y culturizarse, sin olvidar las
clases sociales, para dar mejor culto a los dioses.
Cuando se unificó la cordillera
swints doscientos años atrás antes del reinado de Romento I, los magos fueron
reprimidos brutalmente, pero no aniquilados. Carlus fue uno de tantos jóvenes
nobles que dieron con magos escondidos entre los Igualitarios.

